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En la pasada primavera, se celebró con mucha alegría en La Cumbrecita el 70º aniversario de la fundación del pintoresco pueblo. Ubicado en el Valle de Calamuchita, en el faldeo del Cerro Cumbrecita, de 1450m., reconoce como fundador al Dr. Helmut Cabjolsky, quien, con su familia, había viajado a Argentina contratado por cinco años en 1932.
En 1934, el Dr. y su familia llegan hasta el lugar y , seducidos por su prístina belleza, compran un campo de unas 500 hectáreas, en el que se instalan precariamente, en una construcción de adobe, junto con el matrimonio Mehnert, quienes eran sus servidores.
La casa, originariamente pensada como de veraneo, se transforma luego en un albergue para los amigos y conocidos de la familia Cabjolsky. Los primeros en llegar al lugar fueron los hermanos de la sra. Cabjolsky, F. y E. Behrend, quienes se dedican a levantar un vivero, construyen los primeros cercos para proteger las plantas, y se empeñan en abrir una huella de acceso a la zona de Los Reartes, el sitio con pobladores más cercano.
Al comienzo, todo lo que necesitaban debía ser traído desde la ciudad de Córdoba, en carreta, y más tarde en un viejo camión. El viaje tenía sus riesgos, y casi siempre duraba una semana por lo menos. Pero el espíritu de los pioneros no se doblegaba. A ellos se unieron otras familias alemanas, atraídos por la tranquilidad del paisaje y la seguridad que les proporcionaba a cambio de su vida en una Europa cada vez más convulsionada por odios raciales y religiosos. Asi, se agregaron el sr. Reynaldo Schefski y su señora, quienes finalmente adquirieron el predio de la casa primitiva y pequeña hostería, la que es actualmente el Hotel La Cumbrecita, quienes habian llegado en primera instancia interesados en la cría de ganado. El matrimonio Mehnert se dedicó luego a la confección de masas y tortas, dando origen a la Confitería Liesbeth. El loteo original, trazado de calles y las primeras edificaciones fueron debidas al Ing. Helmut F. Cabjolsky, hijo mayor de la familia.
Muchos son los apellidos extranjeros que se perpetuaron en la zona: Valenta, Knoepfli, Fleckenstein, Anz, Zechner, Schoeller, Mayer, etc., sin olvidar a los lugareños Gimenez, López, Molina, etc. Con ellos, el lugar fue creciendo hasta ser hoy un hermoso paraje, donde la naturaleza y el hombre se han conjugado para forjar una zona agreste pero confortable. Es de hacer notar su calle principal, pendiente, bordeada por chalets, negocios y hoteles, en la que el tránsito es sólo peatonal, ya que los móviles deben ser dejados en la playa de estacionamiento fuera del pueblo. Las confiterías sobre el río, limpio y libre de contaminación. Los pinares y chalets trepando por el cerro.
En síntesis, vaya y disfrútelo.
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